“El Monstruo de los Andes” mató a cientos de niñas y pasó 20 años en prisión. Luego desapareció

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Pedro Alonso López creció en Colombia durante un periodo de guerra civil conocido como “La Violencia” que habría causado entre 200 y 300 mil muertos. Fue hijo de una prostituta, el séptimo de 13 hermanos, y pasó toda su infancia en la calle, huyendo del maltrato de su madre. Allí lo violaron cuando sólo tenía 8 años, un tipo de abuso con el que se haría trágicamente familiar, como víctima y feroz perpetrador.

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En abril de 1980, Carvina Poveda caminaba por las calles de Ambato, Ecuador con su hija Marie de 12 años, cuando un hombre desconocido agarró a la niña y trato de huir, pero afortunadamente (en ese momento, ellas aún no sabían cuánto), el hombre fue detenido por testigos quienes lo retuvieron hasta que llegó la policía.

La policía asumió que se trataba de una persona de facultades mentales limitadas y trajeron a un sacerdote para ver si lograba comunicarse con el “pobre enfermo”.

El Padre Córdoba Gudino se encerró con el hombre en la celda y para sorpresa de los policías, no salió hasta el día siguiente. Cuando lo hizo, rompió el sagrado secreto de confesión, porque lo que había oído, de ser verdad, era demasiado para su consciencia. Demasiado para la conciencia de cualquiera.

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Pedro Alonso López había confesado al padre que abusaba de niñas a la luz del día, para estar seguro de que entendían lo que estaba ocurriendo antes de asesinarlas.

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El “Monstruo de los Andes” confesó el asesinato y la violación de alrededor de 300 niñas de entre 8 y 12 años provenientes de Ecuador, Colombia y Perú. Durante la horrible investigación consiguiente, que duró 6 semanas, se encontraron 57 cuerpos y no es posible precisar el número de osamentas perdidas ante la inclemencia del clima y los animales salvajes que rondaban los terrenos donde López escondía sus víctimas.

La policía declaró que el número confesado por López era posible.

¿Pero cómo desaparecen 300 niñas y nadie las busca? Fácil. López sólo atacaba a niñas en lugares pobres y apartados. Cuando las familias recurrían a la policía, se consideraba que la niña habría huido en busca de un mejor prospecto y no se abría ninguna investigación.

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A muchas de las niñas jamás las buscó nadie.

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Y faltaba aún más crueldad: Las leyes de Ecuador no sumaban condenas. La sentencia era la misma hubieses matado a una persona como a cien. Y López había confesado su crimen.

Estuvo encarcelado en Ecuador tan sólo 16 años, pero Colombia se había dado el tiempo para hacer justicia. Apenas salió fue deportado de regreso a su país de nacimiento para enfrentar cargos por el asesinato de dos niñas en 1979… pero en 1995 la corte colombiana declaró que no estaba en posesión de todas sus facultades mentales y lo “condenó” a un hospital psiquiátrico.

Mientras estaba en Ecuador, López fue entrevistado por Ron Laytner, un periodista norteamericano, a quien relató nuevos detalles, enamorado de la atención:

“El momento de la muerte es apasionante y excitante. Algún día, cuando esté en libertad, sentiré ese momento de nuevo. Estaré encantado de volver a matar. Es mi misión. Hay un momento maravilloso, un momento divino cuando tengo las manos alrededor de la garganta de una niña. Soy el Hombre del Siglo. Nadie podrá olvidarme”.

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¿Recuerdan qué pasó después?

En 1998, el hospital declaró que Pedro Alonso López está en posesión de sus facultades mentales y tras pagar una miserable fianza de 50 dólares (¡50 dólares!), este monstruo salió libre con la único condición de reportarse al Poder Judicial una vez al mes.

Nunca más se supo de él.

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El 2002, Colombia pidió ayuda a la Interpol para encontrar a Pedro Alonso López ya que habrían encontrado los cadáveres de dos niñas. No se sabe si se trataría de nuevas o antiguas víctimas.

También hay rumores de que familiares de las niñas lo habrían encontrado y asesinado, pero no existen reales pruebas de este crimen.

¿Cómo se le puede llamar justicia a lo que ocurrió en este caso?

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Fuente: UPSOCL

Written by Mary

Mary

Pensando como siempre en la inmortalidad del cangrejo, surgió una epifanía en la cual soñé un mundo cabalgado por unicornios que sobrevuelan un sin fin de praderas de estrellas y esperanzas.

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