Los 5 niveles que edifican el reino de la tristeza

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A veces nos encontramos así, envueltos por una indefinible tristeza, en silencio, con la frente pegada al cristal de una ventana y con el alma en el bolsillo. No sabemos muy bien qué ha originado ese estado emocional, pero lo que sí notamos es que no vamos a poder afrontar ese día con el ánimo de siempre.

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¿Qué origina este tipo de situaciones? No hablamos en absoluto de ningún estado depresivo, una cosa no siempre tiene que ver con la otra, nos referimos solo a esos días en que el termómetro de nuestro ánimo decae hasta un bajo cero existencial. Son instantes en que no asoma ilusión alguna, en que nos convertimos en vagabundos de nuestras rutinas y en apátridas de nuestras esperanzas.

Una idea queda clara: la tristeza es una mensajera que saber entender, pero nunca unos zapatos que calzar de forma permanente. No obstante, lo que ocurre en la actualidad es que no se nos permite estar tristes. No hay espacio para esta emoción que actúa como canal del propio cerebro. Estamos casi “obligados” a desoírla y a hacer como si todo fuera bien, a ganar el Óscar a la mejor interpretación del año demostrando que somos inmunes a la desilusión, a la frustración y al desconsuelo.

Sin embargo, nadie puede mantener por mucho tiempo esta coraza, esta armadura inexpugnable. A pesar de que cada uno de nosotros tengamos acceso a todo tipo de información, de libros y publicaciones, seguimos manteniendo la idea de que la tristeza es poco más que algo patológico.

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Derribemos de una vez falsos mitos porque esta emoción es algo inherente a nosotros como seres humanos, algo que debemos entender y que no se cura con la típica frase de “pues anímate, que la vida son dos días”. La tristeza tiene sus propios estratos, esos que edifican un reino particular del que te hablamos a continuación.

1. La tristeza es una advertencia

La tristeza se manifiesta siempre con una pérdida de energía. No llegamos a ese abatimiento y a esa quietud que se manifiesta con una depresión, es algo más leve, más sutil. Experimentamos una necesidad de recogimiento interior que suele acompañarse por una sensación de apatía y un indefinible cansancio.

Esta sensación física responde en realidad a un mecanismo de advertencia del propio cerebro: nos obliga a distanciarnos de los estímulos de nuestro entorno para conectar con nuestro interior. Debemos “indagar” en ese algo que nos molesta, que nos preocupa, que nos perturba…

2. Nos invita a conservar “recursos”

Bernard Thierry es un biólogo y fisiólogo que ha estudiado durante años este tipo de emociones negativas. Según él, la tristeza produce en nosotros un pequeño estado de “hibernación”.

Nos pone en espera, nos relega a esa quietud y a esa introspección tan característica para que podamos no solo reflexionar sobre un hecho concreto. Además, nuestro cerebro se asegura con ello  de que no perdamos todas nuestras energías en tareas que de momento, no tienen prioridad.

Lo esencial es resolver ese malestar, centrarnos en nosotros mismos. Sin embargo, como ya sabemos, no siempre hacemos caso a este instinto de conservación. Lo desoímos y nos aferramos a nuestra cotidianidad como si nada ocurriera.

3. La tristeza como autocuidado

Son muchos los psicólogos que no desean etiquetar a la tristeza como una “emoción negativa”. En nuestra fijación casi obsesiva por etiquetar cualquier conducta o fenómeno psicológico, perdemos a veces la perspectiva de este tipo de realidades.

  • La tristeza no es mala. Tampoco es positiva. Estamos solo ante una emoción que actúa como mecanismo de advertencia, nos susurra cosas tan válidas y necesarias como “detente, para un momento y escúchate, cuídate, habla contigo mismo y entiende lo que te ocurre”.
  • Por ello, cuando un amigo, un familiar o nuestra pareja nos comunique aquello de “no sé qué me pasa hoy, estoy triste”, lo último que haremos es decirle algo como “alégrate eso no es nada”.

La frase más acertada es realmente sencilla: “dime qué necesitas”. Algo así obligará a la persona que tenemos en frente a reflexionar sobre la raíz de su problema para ahondar en sus necesidades reales.

4. La tristeza como anhelo e inspiración

La tristeza tiene un sabor extraño, oscila entre el anhelo y la melancolía. Es ausencia de algo, nos sentimos tan colapsados por sentimientos contrapuestos, por vacíos y necesidades sin nombre, que a instantes, nos desesperamos.

A menudo suele decirse que esta emoción es la sensibilidad más refinada del ser humano, esa que invita a muchos a ser más creativos, a acercarse al arte, la música o la escritura para canalizar todos esos sentimientos contrapuestos.

No obstante, y esto es conveniente recordarlo, a pesar de que la tristeza pueda ser inspiradora para el corazón del artista, nadie puede vivir de forma permanente en este reino de anhelos, melancolías y vacíos donde solo habita la inmadurez emocional. 

5. La tristeza como estrategia para nuestro desarrollo psicológico

En ese estrato más elevado de las necesidades de Abraham Maslow se encuentra la autorrealización personal.

  • No podemos olvidar que en esa cumbre casi ideal del crecimiento psicológico, se engloban principios tan básicos como la propia autoestima y una adecuada fortaleza emocional.
  • La persona que no es capaz de entender, desmenuzar y afrontar sus tristezas cotidianas, es alguien que opta por esa desconexión donde dejar en manos ajenas las propias necesidades, la propia identidad.

Entender las propias emociones y alzarnos como buenos gestores de nuestros universos es una contribución fundamental para nuestro crecimiento psicológico, de ahí que sea una buena idea dejar de asociar a la tristeza a términos como debilidad o vulnerabilidad.

Porque detrás de toda persona que identifica y afronta sus tristezas se esconde un auténtico héroe.

Imágenes cortesía de Amanda Clark

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Fuente: La Mente es Maravillosa

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